Subir

El escritor Aldous Huxley, autor de “Brave New World”, fue quien señaló un aspecto de los seres humanos sobre por qué consumimos información, que hoy tiene más relevancia que nunca: el ser humano tiene un apetito casi insaciable por las distracciones. 

Estamos constantemente escaneando nuestro entorno en busca de estimulación y en un intento de satisfacer esta necesidad hemos creado una sociedad sobreestimulada. Vivimos en la era de la información y lo más curioso es que parece que seguimos sin tener suficiente.

Compañías de todo el mundo siguen trabajando en nuevas formas de acceder al casi infinito mar de información que nos rodea de forma más rápida y cómoda. Muchos podrían pensar que el smartphone y la voz ya nos da el mejor acceso, pero la verdad es que ambos tan sólo actúan como intermediarios de nuestras mentes.

Y ahí está la siguiente gran frontera.

Imagina poder acceder a Internet, el correo, o nuestras redes sociales con tan sólo pensarlo y, lo que es más interesante, poder controlarlas de tal manera que funcionen exactamente como imaginamos. Es una cuestión de traducir la información de nuestras mentes a órdenes que nuestros dispositivos entiendan. Por supuesto, es más fácil decirlo que hacerlo.

El cerebro humano contiene 86 billones de neuronas que están en constante funcionamiento transmitiendo información entre sí. Es el ordenador más complejo que existe en la actualidad y crear un dispositivo capaz de manejar esa información directamente es uno de los grandes desafíos de nuestro siglo.

La verdad es que el concepto de braincomputer interface (BCI) o interfaz cerebro-computadora no es nuevo, se lleva investigando desde los 70, lo que pasa es que la tecnología necesaria para crear los primeros implantes no se hicieron una realidad hasta los 90, principalmente con fines médicos. 

Cuando la gente se imagina un implante, probablemente le venga a la cabeza un cirujano abriéndonos el cráneo para meternos un dispositivo. La verdad es que esto sólo es cierto para algunos implantes, e incluso estos sorprenderán por lo poco invasiva que es la cirugía. Existen algunos que ni siquiera requieren cirugía y basta con el contacto con la piel. Por ejemplo, muchos “smartwatches” pueden leernos el pulso a través de la piel.

Al final, semejante dispositivo parece ciencia ficción. La cuestión es que la ciencia ficción tiene la posibilidad de saltar a la realidad. Sobre todo cuando inspira a gente en la vida real como Elon Musk, que creó la compañía Neuralink inspirado por las novelas de ciencia ficción “The Culture” de Ian Banks y el concepto de “neural lace” presente en las mismas. 

Así pues, la compañía está desarrollando un dispositivo implantable en la cabeza del tamaño de un botón llamado “The link”, que contará con una aplicación que permitiría controlar el dispositivo iOS, teclado y ratón directamente con la actividad sólo con pensarlo, en el futuro será compatible con más dispositivos. 

La cuestión es, ¿merece la pena implantarnos un aparato en la cabeza, sin importar su tamaño o lo fácil que sea, por comodidad? Si sólo se tiene en cuenta ese aspecto la verdad es que no parece razón suficiente, la cuestión es que los beneficios van más allá de la comodidad.

Volviendo a los orígenes del implante, contar con información en tiempo real sobre el estado de nuestro cerebro permite monitorizar nuestra salud y da al médico información esencial en caso de que algo vaya mal. Transmitir y recibir más información de forma más rápida y precisa siempre es un beneficio a largo plazo, siempre y cuando se utilice bien. Por ejemplo, otra idea sacada de la ciencia ficción es, ¿y si hackean nuestro dispositivo? ¿Qué podrían hacer con él?

Como toda tecnología incipiente, aún hay muchas incógnitas. Lo que está claro es que el mundo se mueve cada vez más rápido y el torrente de información que nos rodea no hace más que crecer. Por suerte, nuestras mentes se pueden adaptar y nuestros pensamientos pueden ser igual de veloces, tan sólo hay que darles la herramienta adecuada.

Ejecutivo de cuentas Jr.