Mucho ruido y poca información

Por mucho que nos cueste aceptar esta realidad, tendremos que admitir  que los periodistas hemos perdido en buena medida el viejo monopolio que teníamos en la tarea de informar. La crisis de estos últimos años, con mayor incidencia en la prensa escrita, la globalización y la irrupción de nuevos canales de información online han provocado cambios radicales en el panorama informativo, tanto nacional como internacional.

“El mejor oficio del mundo”, que decía Gabriel García Márquez, está empezando a ser otra cosa. Lo que podríamos llamar “periodismo tradicional” comienza a caer en desuso. Y en desgracia. Las redes sociales invaden nuestro territorio y generan mucho más ruido y más controversia que cualquier editorial o comentario que pueda aparecer en uno de los medios escritos que hasta ahora presumían de su capacidad de influencia en la opinión pública.

 

El poder de las redes sociales ha crecido de forma inversamente proporcional a la caída de las ventas de periódicos. No hay más que ver la cuenta de resultados de las principales cabeceras para comprender el alcance del proceso de deterioro en el que nos encontramos.

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Sin embargo, el vacío que dejan los medios tradicionales comienza a llenarse con el griterío y las amenazas de quienes ejercen su libertad de expresión en las redes sociales, sin reparar en las mínimas exigencias de rigor y de documentación sobre el asunto objeto de sus pronunciamientos. Es cierto que se está abriendo el abanico y que todo el mundo tiene derecho a exponer sus puntos de vista de forma libre y espontánea, pero tampoco es menos cierto que dentro de esta plaza pública a la que dan acceso las redes sociales cada vez resulta más difícil saber dónde está la verdad y dónde está el engaño.

La convivencia del periodismo de calidad e independiente con el todo vale – un bulo, un rumor, una calumnia o una falsedad – genera, por otro lado, una seria crisis de confianza. Los ciudadanos tienen derecho a conocer lo que está pasando, pero cada vez se fían menos de lo que leen o escuchan, tanto en los medios tradicionales como en los que se le ofrecen de forma gratuita en la red.

No creo que sea necesario enumerar las causas que provocan esta desconfianza y pérdida de credibilidad, pues son perfectamente detectables. Basta con repasar algunas de las muchas meteduras de pata que nos encontramos en medios que buscan el impacto, el ruido, antes que la veracidad de lo publicado. Tampoco se necesita requisito o título alguno para ejercer de editor o de empresario de medios de comunicación. La información deja de ser el objetivo prioritario y se convierte en moneda de cambio – cuando no en objeto de chantaje y extorsión – para lograr objetivos que nada tienen que ver con la transmisión de opiniones libres e informaciones veraces.

La crisis de los medios de comunicación es un campo abonado para quienes ni tan siquiera contemplan como objetivo conseguir que sus receptores estén mejor informados. Sin solvencia económica resulta muy difícil, por no decir imposible, criticar a los poderosos y ejercer ese control necesario de quienes nos gobiernan.

En este escenario son mayores las incertidumbres que las certezas. Nadie se atreve a pronosticar si el futuro estará en la consecución de alianzas entre el papel y los medios online o si la salvación de la prensa escrita llegará a través del periodismo de calidad. Un periodismo ejercido por profesionales, donde prevalezca la información y el rigor.

Lo demás sólo genera ruido y un daño irreparable para el ejercicio de un oficio, el del periodismo, serio y responsable.

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