Más insultos que argumentos

Aunque la libertad de expresión es un derecho reconocido en nuestra Constitución, cada día resulta más incómodo – y hasta peligroso – exponer  opiniones y argumentos sobre algunas materias que se prestan al debate y a la controversia. Lo estamos viendo un día sí y otro también. Los ejemplos más recientes los tenemos con Arturo Pérez Reverte y su buen amigo Javier Marías, cuando se pronuncian a contracorriente, y les esperan sus “enemigos” a la vuelta de la esquina.

Primero el insulto y la descalificación y, llegado el caso, alguna reflexión al margen, para que al menos se note que el texto ha sido leído. La libertad de expresión nos ampara a todos, pero dentro de uno límites. El insulto gratuito, la exaltación del odio o las amenazas no pueden circular libremente, como está ocurriendo ahora, por unas redes sociales en las que el anonimato y la identidad falsa permiten las mayores tropelías.

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Decía Voltaire (1694-1778), en los tiempos de la Ilustración, algo tan importante como esto: “No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé con mi vida tu derecho a expresarlo”. Me imagino lo que pensaría el escritor y filósofo francés, si hoy levantara la cabeza y comprobara las expresiones que se vierten en Twitter o Facebook esgrimiendo, supuestamente, ese preciado derecho a que cada cual pueda expresar lo que piensa.

A los nuevos inquisidores les molesta que haya voces independientes. No aceptan la crítica, salvo que coincida con sus propios intereses. Contestar con dos líneas desde Twitter, llamando misógino o fascista a quien ha manifestado de forma valiente y argumentada su punto de vista demuestra lo bajo que hemos caído.

No voy a entrar a valorar el nivel intelectual de algunos de estos acosadores, pero sí a pedirles que se esfuercen un poquito para elevar el nivel del debate. Cuando el pasado domingo Javier Marías decía en su artículo de “El País Semanal” que le resultaba “imposible suscribir que Gloria Fuertes fuese una grandísima poetisa”, no creo que pretendiera ofender a todas las mujeres, incluidas aquellas que dedican su vida a otros menesteres ajenos a la literatura.

Si me permiten la expresión, aquí nos la cogemos con papel de fumar cada vez que alguien se sale un poco de la linde. Está claro que las redes sociales han abierto nuevos horizontes para la comunicación, pero también las puertas a quienes odian a los que no piensan como ellos, a los que disfrutan poniendo al famoso de turno a caer de un burro.

Está claro que la intolerancia – aunque aquí sería quizás más adecuado hablar de ignorancia –  es muy atrevida.

 

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