Lo que pasa en internet… No se queda en internet

Hace apenas unos días me saltó una alarma. La bombilla se encendió viendo una película; el protagonista necesitaba recopilar una información X y no tuvo más remedio que recurrir a los periódicos de una hemeroteca. ¿Por qué? Porque vivía atrapado en un obsoleto año 2002.

Desplazarse hasta el lugar, solicitar permisos, cumplir los tiempos de espera… parece demasiado esfuerzo para un millennial estándar.

Más allá de la inmediatez, los inquilinos del mundo digital tenemos a nuestro alcance un volumen de información desmesurado procedente de miles de fuentes distintas. Sin embargo, esta “hiperconectividad”, que se presenta como una ventaja evidente y que nos permite socializar a través de una realidad virtual, puede generar nuevos conflictos que se hacían impensables hace apenas unos lustros.

Aquí saltó la segunda alarma: Si nosotros, ciudadanos del año 2016, disponemos de una cantidad ingente de información al simple golpe de un click… ¿Somos también susceptibles de ser rastreados a través de la red con la misma facilidad?

En este punto vuelvo de nuevo a los millennials, ya que dada su condición natural de “adictos” a internet y a las RRSS están especialmente expuestos al destape del S.XXI. Por medio de la publicación diaria de fotografías, comentarios, posts, etc. se está compartiendo un amplio retrato de nuestra vida privada que con muchas más personas de las que nos imaginamos.

El debate sobre “publicar o no publicar” es especialmente candente cuando se habla de los menores. En concreto, cuando ni siquiera son ellos, sino sus familiares los que lanzan a la nube imágenes e información ilegítima. De hecho, países como Francia ya han prohibido a los padres colgar fotos de sus hijos en las redes sociales y se han iniciado campañas que defienden proteger la privacidad de los menores.

Pero, además de la perdida de privacidad, compartir datos personales en la red también puede suponer un problema importante de seguridad. Si alguna vez has jugado a escribir tu nombre en el buscador de Google, probablemente que te hayas sorprendido al ver cómo ha llegado toda esa información hasta ahí. Esta es sin duda la tercera y última alarma que nos advierte de la importancia de ser discretos en lo que a internet se refiere. No obstante,  ¿qué pasa con todo lo que ya hemos publicado con anterioridad?  ¿Es posible aplicar la técnica “control Z” en la red?

¿Es posible borrar tu pasado en internet?

Lo cierto es que ya existe quien se ha percatado de este exceso de información privada que se ha ido volcando a la red. Por ello, hay empresas que ofrecen un servicio de “borrado de identidad virtual” a todo aquel que lo solicite, bien de forma completa o parcial.

Por ejemplo,  el caso de Activity Remover, una herramienta pensada especialmente para Facebook,  te sirve la posibilidad de eliminar todos tus contenidos de esta RRSS a los ojos de otros, pero sin hacerlos desaparecer. Es decir, te hace invisible en internet. Algo muy práctico para aquellos que, por ejemplo, se hayan visto en la obligación de suprimir sus fotos de Facebook para encontrar un trabajo, pero que sin embargo, no quieren deshacerse de sus recuerdos.

Pero existen opciones que van más allá, como Borrame. Esta plataforma funciona como un auténtico señor Lobo de la vida virtual, ya que ofrece la posibilidad de eliminar por completo el rastro de sus clientes en internet.  Este servicio no sólo suprime las propias publicaciones que el individuo haya compartido en sus RRSS, sino su historial completo de Google.

Es decir, si la persona que solicita este servicio ha sido mencionada en algún momento en la prensa (por los motivos que fuesen) estos enlaces desaparecerían del buscador.  Asimismo, borrarán difamaciones que se hayan hecho sobre ella o le eliminarán de listas de morosos en los que ya no deba aparecer por haber  saldado sus deudas.

Millenials o no, todavía estamos aprendiendo a vivir en esta civilización de unos y ceros donde no somos plenamente conscientes del devenir de nuestros actos. Teníamos la idea preconcebida de que todo aquello que pasaba en internet se quedaba en internet, de que no trascendía. Ahora sabemos que eso no es así. Un tuit desafortunado puede desbancarte de un cargo de concejal, un comentario inocente puede romper un contrato millonario con un club de Primera División o un chiste en las RRSS sobre un cartel turístico puede suprimir toda una campaña publicitaria…

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