Historias que le pasan a la gente

Puede parecer una obviedad, pero sirve para explicar de una manera razonable y sencilla el sentido de nuestra profesión: a la gente le gusta que haya gente que le cuente historias que le pasan a la gente. No, no es un juego de palabras. Y si esta premisa no se cumpliera, los periodistas tendríamos que dedicarnos a otra cosa.

También es verdad que esto último ya ocurre, pero no porque esa teoría haya dejado de tener vigencia, sino porque la crisis económica y la aparición de nuevos medios de comunicación online – además de las redes sociales – se están llevando por delante el viejo oficio de contar historias en los medios escritos tradicionales. Corren malos tiempos para la prensa. Las tiradas de ejemplares se reducen de forma alarmante, hasta el punto de que ya no hay ningún periódico de información general en España que venda más de cien mil ejemplares.

Cada día se anuncian nuevos recortes en el sector, que se traducen en más periodistas que de forma involuntaria dejan de “contar historias” o que las cuentan en las nuevas ventanas que ha ido abriendo Internet. Son muchos los amigos y compañeros que ya no tienen la oportunidad de asomarse a las páginas de importantes periódicos nacionales para explicar las cosas que están pasando.

crisis_prensa_escritaEn la prensa regional o provincial la situación es diferente y la crisis parece haber remitido. Incluso pueden apreciarse algunos síntomas de recuperación, que demuestran la importancia de la información de cercanía. En medio de la globalización, donde las noticias de alcance llegan por distintos canales y de forma casi instantánea, los ciudadanos no quieren perder de vista aquello que tienen más próximo: lo que ocurre en su barrio, en su ciudad, en su provincia o en su comunidad autónoma.

Hace ya algún tiempo un amigo me comentaba indignado un caso concreto que ponía en evidencia la necesidad y el derecho de los ciudadanos a estar informados. Se quejaba este amigo de que ningún medio de comunicación hubiera recogido la noticia de un suceso lamentable, de una imprudencia que le costó la vida a una persona. Un asunto que le hubiera gustado ver reflejado – y también denunciado – en algún periódico. La noticia se había producido en un pueblo pequeño, alejado de los grandes núcleos urbanos, donde el silencio informativo viene siendo ya habitual. ¿Dónde están los periodistas que pueden influir para que este tipo de irregularidades no se vuelvan a repetir?

Pues muchos de ellos, le dije, están en el paro. Y los que no están en el paro trabajan de forma precaria, dando salida a las notas de prensa que les remiten los gabinetes de comunicación de organismos públicos, partidos políticos, instituciones y empresas. Triste reconocerlo, pero es así.

Sin embargo, no es sólo una cuestión de precariedad de recursos. También se echa en falta un mayor compromiso con el periodismo dispuesto a criticar y a controlar a los poderes públicos. De un tiempo a esta parte, los responsables de los medios parecen más preocupados por la cuenta de resultados que por denunciar a quienes incumplen las leyes o atentan contra los derechos de otros ciudadanos.

La transparencia sigue siendo una asignatura pendiente. Y a veces la responsabilidad y el rigor también. La gente tiene derecho a estar bien informada y hace bien en reclamar una información rigurosa y contrastada, pues es la mejor medicina contra las injusticias y los abusos.

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