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Entrevista Fernando Ónega

Fernando Ónega

“Soy un representante del periodismo todoterreno”

“Internet tiene el inmenso problema de la falta de credibilidad”

“El mensaje de la radio tiene mucho más retorno que el de la televisión”

“Cuando escuchas una tertulia sabes perfectamente lo que va a decir uno y lo que va a decir el otro”

“Me gustaría hacer las crónicas de Julio Camba, las entrevistas de Pedro Rodríguez y ser un reportero como Manu Leguineche”

Aunque la panadera de Mosteiro, su lugar de nacimiento, le preguntó antes de subir al autobús si era cierto que se iba Madrid a estudiar para ministro, sus ambiciones eran mucho más comedidas. Fernando Ónega, aunque luego fuera hombre de confianza de Adolfo Suárez, viajaba a Madrid en aquel verano de 1967 para hacer las pruebas de ingreso a la entonces Escuela Oficial de Periodismo. Tenía claro que lo suyo era contar historias y ser testigo de aquella España que, poco a poco, avanzaba hacia la democracia, dejando atrás una larga dictadura.

Hoy Fernando Ónega – autor de algunos celebrados discursos de Suárez y del recordado eslogan del “puedo prometer y prometo” -, es uno de los grandes maestros del periodismo español. Una referencia, no sólo por sus análisis políticos, sino por su compromiso con la moderación y la convivencia. También una excelente persona. Reúne, por tanto, méritos más que suficientes para inaugurar esta serie de entrevistas en el V Aniversario de Indie PR. Su último libro, “Qué nos ha pasado, España” (Ed. Plaza y Janés), es una crónica excelentede los cambios experimentados en nuestro país en los últimos cuarenta años.

Texto: JAVIER DEL CASTILLO. Fotografías: IGNACIO ALBAREDA

Periodismo escrito, radio y televisión. ¿Se considera un todoterreno?

La primera opción fue la prensa. Después vino la radio, en 1978, y ya no la dejé. He recorrido las principales cadenas, salpicándolo con un poquito de televisión. Efectivamente, yo creo que soy un representante del periodismo todoterreno, aunque me falta Internet.

¿Qué tiene la radio que no tenga la televisión?

El mensaje de la radio es un mensaje mucho más persona a persona. La escucha la gente en la soledad del coche, en la soledad del cuarto de estar, e incluso en la soledad del baño. En cambio, la televisión se ve más en familia. En mi opinión, llega más el mensaje de la radio que el de la televisión. El mensaje de la radio tiene mucho más retorno que el de la televisión. Es además más puro.

Pero hay quien sostiene que no eres nadie si no salen en la pequeña pantalla.

Sin embargo, el espectador de televisión se fija más en tu pelo, en tu corbata o en si has engordado o tienes el pelo más blanco. En ese tipo de cosas.  No tanto en lo que dices.

Supongo que a cierta edad la popularidad se lleva de una manera más relajada.

En mi caso, ocurre una cosa curiosa. Llevo tanto tiempo en la radio que la gente me reconoce más por la voz que por la imagen de televisión. En cierta  ocasión, un taxista empieza a decirme: “¡ay si mi mujer supiera que le llevo a usted en el coche!; está enamorada de usted, le sigue en la radio y lo ve en la televisión…”.  Yo decía para mí: siga, siga que esto va muy bien. Y al llegar al punto de destino, se gira y me dice: “porque usted es Pepe Domingo Castaño, ¿no?”. A mí me han llegado a confundir con Florentino Pérez, el presidente del Real Madrid.

Si le parece, vamos a remontarnos a sus inicios. ¿Cómo recuerda su llegada a Madrid en los años sesenta?

Entré en Madrid por la Estación del Norte, que era el sitio de entrada para los gallegos, en un tren que tardaba desde Lugo diez horas, aproximadamente. No fue una buena entrada. Había venido para hacer las pruebas de ingreso en la Escuela Oficial de Periodismo y me suspendieron. Al suspenderme, decidí matricularme en Ciencias Políticas, hasta que pude ingresar en Periodismo al año siguiente. La anécdota de aquel viaje a Madrid es que, mientras esperaba con  mi maleta en el pueblo la llegada del coche de línea, se acercó la panadera y me dijo: “oye, Fernando, ¿es verdad que vas a estudiar para ministro?”.

Sus primeros pasos en el oficio los dio en el periódico del régimen, el diario “¡Arriba!”. ¿Le molesta que le recuerden esa etapa profesional?

Las opciones de aquel momento eran ABC, Ya, Arriba o los periódicos de la tarde, Pueblo e Informaciones. Eran todos muy parecidos, lo que pasa es que “¡Arriba!” era el periódico del Movimiento. Para mí fue una escuela de periodismo. Yo no he borrado de mi biografía esa etapa, cosa que sí han hecho otros. Que si me arrepiento… Pues me arrepiento de una cosa: de no haberle hecho caso al director de entonces, Manuel Blanco Tobío, que me recomendó irme unos años al extranjero, hasta  que terminara el franquismo. No lo hice por falta de medios, por cobardía y por carencia de idiomas.

Usted, que vivió de cerca la transición, ¿cómo se explica que se cuestione y se critique esa etapa de acuerdos que desembocaron en la actual  democracia?

Entonces, había miedo a que se repitiera la guerra civil, y ese miedo hizo posible el gran consenso. A partir de ese miedo, han surgido voces en contra de aquellos acuerdos, básicamente en el entorno de Podemos, que aquello fue un apaño y que se amenazaba con otra guerra civil. El error, a mi juicio, es que no hubo una condena institucional al período de cuarenta años de dictadura.

En su libro dedicado a Adolfo Suárez recuerda las presiones del Ejército.

Se vivieron momentos muy duros, con un Ejército que había ganado la guerra y al que le estaban diciendo que volvían los rojos. Entonces, hubo un Rey que dedicó la mitad de su tiempo a tranquilizar a los militares, un Suárez osado y un mago de la ciencia jurídica, llamado Torcuato Fernández Miranda, que diseño un esquema tan simple como pasar de la ley a la ley, a través de la ley. La transición ha sido un prodigio del pueblo español, donde todo el mundo demostró una gran capacidad de renuncia. Volvieron los exiliados, que llevaban cuarenta años fuera de España y no se les escuchó ni una sola palabra de revancha. Todo el mundo se dedicó a hacer un proyecto de país, que consistía en lograr una democracia plena. Me parece injusto y peligroso que eso sea censurado con la perspectiva de hoy. ¿A qué viene ahora reavivar el odio y el enfrentamiento entre españoles? No tiene sentido.

¿Qué papel jugaron los medios de comunicación en la recuperación de la democracia en España?

Una responsabilidad histórica. El cambio político español comienza en los periódicos, aunque algún sindicalista diría que empezó en las fábricas. En la transición y antes, en los últimos años del franquismo, hubo un grupo de periodistas que se convirtieron en abanderados de la democracia. Sabían cuál era su papel, cuando había que azuzar y cuando había que frenar. Fue un papel histórico, como lo fue el de la radio en el golpe de Estado del 23-F. Es evidente que el Rey es quien para el golpe, pero a lo mejor su intervención no hubiera sido suficiente, si no hubiera habido una radio retransmitiendo durante veinte horas lo que estaba ocurriendo dentro y fuera del Congreso.

Usted era entonces director de informativos de la Cadena Ser. ¿Qué recuerda de aquella noche?

Recuerdo casi todo, minuto a minuto. Sólo llevaba quince días en el cargo. Menudo estreno. Recuerdo el miedo, la esperanza de que fracasara y la satisfacción de cerrar felizmente aquel largo informativo de veinte horas. También recordaré toda mi vida los atentados del 11-M.

¿Cómo ha conseguido alejarse del periodismo de trinchera?

Lo he intentado, pero es difícil. Te dan por los dos lados y te quedas en tierra de nadie. La gran perversión de ese periodismo han sido las tertulias.

¿Por qué?

En las primeras tertulias de radio participaban los periodistas que estaban mejor informados, sin importar su ideología. Luego, se entró en las cuotas: una cuota que defiende al Partido Popular y otra que defiende al Partido Socialista. En algunas televisiones hay también otra cuota de Podemos. Cuando ves o escuchas una tertulia sabes perfectamente lo que va a decir uno y lo que va a decir el otro. Eso es un debate político, no una tertulia de profesionales de a información. No se trata de explicar la información, sino de tomar partido ante esa información. Y eso, a mi juicio, es negativo.

¿Me está diciendo que algunos periodistas llegan a las tertulias con el argumentario de un determinado partido político en el bolsillo?

No es un hecho novedoso. El compadreo con los políticos se remonta al principio de la transición. Pero yo lo que observo ahora es peor que eso: periodistas que no tienen carné de partido, pero que ejercen de militantes de una determinada formación política.   

La frase “puedo prometer y prometo” ha hecho historia. ¿Cómo se le ocurrió ese mensaje?

Ha hecho historia porque la dijo Suárez, aunque la hubiera puesto yo en su discurso. La frase en cuestión surgió de una reunión en el despacho de Adolfo Suárez, en la que también estaba el general Manuel Gutiérrez Mellado. Suárez insistía en que tenía un problema de credibilidad y que  su objetivo era conseguir que la gente creyera que cumplía sus promesas. Lo que hice yo después de esa reunión fue ponerle música. Eso es todo. No tiene más mérito que ese.

¿Considera que los medios de comunicación son más vulnerables a las presiones por culpa de su difícil situación económica?

Yo diría que la crisis económica ha introducido el factor miedo en el periodista, sobre todo en el periodista joven. Que me pueden echar, que están preparando un ERE. Esto hace que la libertad del periodista se reduzca y que más de uno termine diciendo: “lo que usted diga, jefe, faltaría más”. Es, en definitiva, otro freno a la libertad.

Sus hijas, Cristina y Sonsoles, también son periodistas. ¿Le costó aceptarlo?

Cuando la mayor, Cristina, me dijo que quería ser periodista, dije: bueno… Pensé: factor imitación. En casa veía montañas de periódicos, a su padre escribiendo, al que  un día se le ocurre una buena idea y le dan un premio… Pero, cuando la segunda, Sonsoles, me comenta que también quiere hacer periodismo, dije: hasta aquí hemos llegado. Tuve un problema con el colegio, porque decían que estaba creándole un trauma a mi hija. Según ellos, tenía condiciones para ser periodista. Pues lo que ustedes digan. Pero en un principio me opuse.

¿Cómo valora el papel de Internet en el mundo de la información?

Como instrumento de trabajo, es magnífico. Yo iba a una oficina de Correos para que me picaran las crónicas y mandarlas por télex fuera de Madrid. Ahora lo hago en un minuto desde casa. Internet te permite seguir lo que está pasando al instante, pero yo soy muy de papel. Todavía recorto los periódicos. Internet tiene el inmenso problema de la falta de credibilidad. Yo me fío de unos cuantos periódicos online, pero no de todos. Digamos que me fío de la minoría de ellos. Otro problema es que lees aquí o allá y al final no sabes dónde lo has leído.

Se publican, quizás, demasiadas informaciones sin contrastar.

Los viejos del oficio nos enseñaron que toda noticia debía ser contrastada. Pero, ahora, hay tal carrera por ganar audiencia que se da prioridad a publicarlo que a contrastarlo. Esto es terrible para la credibilidad.

¿Por qué la radio tiene mejor imagen y credibilidad que la prensa escrita?

La radio manipula menos, en el buen sentido de la palabra. Da los testimonios de los protagonistas y si alguien miente es el señor o la señora a la que le preguntas. En la radio lo más que te pueden decir es que una información la das en cuarto lugar, cuando la podías haber dado abriendo el informativo.

¿Cómo ve a las nuevas generaciones de periodistas?

Es gente mucho más preparada. Son personas con una o varias licenciaturas universitarias, que ha hecho master, que sabe idiomas. En los nuevos creadores de opinión observo que son excesivamente evanescentes. Hacen maravillosos artículos, bien escritos, pero sin análisis político. También observo una tendencia a la descalificación personal. 

¿En el periodismo actual no se ha perdido el contacto directo con la calle, con horario de funcionarios?

Tener un horario más funcionarial no me parece negativo. No tener horario, como ocurría cuando yo trabajaba en una redacción, ronda la explotación. Eso sí, lo vivíamos satisfactoriamente y lo acompañábamos luego de cubatas y de una vida más bohemia.

¿Qué opinión le merecen los gabinetes de comunicación?

Los defenderé siempre, porque son una forma de empleo, aunque te sorprende llegar a pueblos pequeños donde el Ayuntamiento tiene su gabinete de prensa. Te dicen, hable con mi director de comunicación. Yo trabajé una temporada en el Ministerio de Trabajo, y allí había un señor que luego me he enterado que era el abuelo de Pablo Iglesias. Había sido condenado a muerte, indultado, y al final acabó trabajando en el gabinete de un Ministerio. 

Una de las pocas críticas que he escuchado sobre usted tiene que ver con una supuesta ambigüedad a la hora de pronunciarse sobre un asunto polémico.

La ambigüedad es el centrismo, el intento de objetividad.  Hay quien piensa que Zapatero ha sido la encarnación del demonio y yo digo que en política social ha hecho grandes cosas, aunque a la hora de reconocer la crisis económica y atajarla a tiempo fue un desastre.

Dígame tres maestros del periodismo, a los que le hubiera gustado parecerse.

Citaré tres que ya no viven, para no crear agravios comparativos. Me gustaría hacer las crónicas de Julio Camba, las entrevistas de Pedro Rodríguez – que como era del anterior régimen se ha hecho silencio sobre él – y ser un reportero como Manu Leguineche.