El dilema del fotoperiodismo en la era digital: ¿superpoblación o en vías de extinción?

¿Se encuentra el fotoperiodismo en peligro de desaparecer? Internet y las nuevas tecnologías han potenciado la extensión del intrusismo laboral, que afecta a muchas y distintas profesiones. Aunque si existe una cuya intromisión le ha supuesto un perjuicio que nadie puede negar, ésa es el periodismo en todas sus vertientes. Las redes sociales, los blogs o incluso las plataformas de canales de vídeo se alzan como potenciales medios de expresión en los que cualquiera puede tomar parte y que tienden a instaurarse como enclaves periodísticos. Basta con tener algo que decir para convertirlos en un medio de información. Esto, sumado al libre acceso de contenidos noticiosos online y mediante los que muchos se dan por informados, ha desvirtuado no sólo la profesión y su ejercicio, sino también la propia imagen del comunicador, poniendo en tela de juicio su rigor y profesionalidad.

Todo se reduce a un teclado conectado a la Red. Un ordenador, una tablet o un dispositivo móvil son material suficiente para que cualquiera exprese su opinión o relate el suceso que crea conveniente, ya sea verdad o un producto malintencionado de la imaginación. Sin embargo, el hecho de que otras personas te lean y que a veces -por disparatado que parezca- te tomen incluso más en serio que a un medio de comunicación de trayectoria, no convierte al autor en un profesional. De la misma forma que tomar una imagen de un acontecimiento y compartirla en la Nube no te garantiza el título de fotoperiodista. En este sentido, las nuevas tecnologías han multiplicado exponencialmente el gusto por sacar fotos. La disposición en el mercado de cámaras pseudo-profesionales al alcance de bolsillos medios ha despertado una increíble pasión por la fotografía y ha generado que muchos aficionados quieran retratar cualquier situación dándole un, a menudo, erróneo énfasis periodístico.

indie blog

El creciente interés por detener el tiempo en una imagen se plasma en el éxito de plataformas cuya actividad central es la fotografía, como Instagram y Flickr, o incluso en la ferviente subida de imágenes a otras redes como Facebook o Twitter, donde la iconografía suponía en principio una opción complementaria. Ya en 2013, en España se hacían 3.969 fotos cada 60 segundos para distribuir de inmediato, lo que daba lugar a una media de 2.900 millones de imágenes al mes, según un estudio realizado por Samsung. La cámara integrada en el móvil supuso una revolución tal, que a día de hoy los fabricantes de teléfonos dedican sus mayores esfuerzos y presupuestos en obtener la máxima resolución fotográfica para sus dispositivos. Dada la conjunción de disparador y Smartphone, junto a su implícita posibilidad de compartir online las imágenes que tomamos, parece lógico que aparezcan pretensiones de comunicar noticias con nuestros propios retratos de la realidad.

Sin ánimo de caer en el tópico de las mil palabras, lo que vemos por nosotros mismos siempre nos inspira más confianza. Bien es cierto que a la tecnología  no se le escapa una y es posible manipular la realidad visual en el contexto digital, algo que no nos coge por sorpresa si atendemos el ámbito publicitario y su obsesión por embellecer siempre todo un poco. No obstante, el hecho de captar una buena imagen y conseguir impactos con ella no es suficiente para que pueda denominarse como un ejercicio fotoperiodístico.

No es que el acceso al mundo profesional de la comunicación esté restringido a unos pocos privilegiados, pero, como se dice vulgarmente, el hábito no hace al monje. El simple hecho de que nos guste mucho un tema o que acostumbremos a desempeñar ciertas actividades no nos dota de las competencias necesarias para incurrirnos laboralmente en ellas. La formación previa y continua, el rigor, tener claro el mensaje y saberlo transmitir en cada momento son clave para poder llevar el nombre profesional. En el caso de los fotógrafos del ámbito periodístico, su labor no es tan sencilla como la de presionar el botón y obtener una estampa atractiva. Por supuesto que la imagen tiene que llamar la atención de los ojos que la miran, pero debe ir más allá de lo que se ve en un primer vistazo: debe contar una historia por sí misma. Ser capaz de ofrecer un discurso visual con una fotografía es lo que caracteriza al verdadero fotoperiodista y, a la vez, lo que le distingue de los retratistas de imágenes ocasionales.

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