Cuanto peor, mejor

Nos habíamos acostumbrado a pensar que los movimientos populistas eran santo y seña de algunos países latinoamericanos. Creíamos también que las desigualdades sociales y los mayores índices de pobreza los hacían germinar en aquellas sociedades como setas en otoño. En ningún caso podíamos imaginar que la crisis, el descrédito de las clases dirigentes, la corrupción o la enorme difusión que adquieren las proclamas y las reivindicaciones en las redes sociales podrían remover las viejas estructuras de las sociedades más avanzadas de nuestro entorno.donald-trump

Sin embargo, así ha sido. Eso que nos parecía excepcional y lejano  está ocurriendo. La victoria de Donald Trump en Estados Unidos es el ejemplo más reciente de esta situación. Una situación que ha cogido con el paso cambiado a quienes creyeron en los sondeos de las empresas demoscópicas – los errores son mayúsculos en los últimos referéndums (Inglaterra y Colombia) y elecciones – y confiaron en la influencia de la mayoría de los medios de comunicación que apostaba por la victoria de Hillary Clinton, empeñados en subrayar el sentido común y la madurez del pueblo norteamericano. Nadie quiso darse cuenta de que los ciudadanos ejercen también su derecho a votar desde la desesperación y el cabreo.

Hay otros aspectos a tener en cuenta a la hora de analizar el respaldo que obtienen en estos momentos determinadas formaciones políticas de corte populista entre la opinión pública. Uno de ellos es la crisis económica, uno de sus mejores caldos de cultivo. Por lo tanto, la estrategia de quienes luchan para alcanzar el poder desde posiciones demagógicas y populistas es muy sencilla: basta con cargar las tintas y ofrecer a los ciudadanos una imagen desoladora de la vieja política. El mensaje de ruptura con el establishment, la rebelión contra la ineficacia o las muestras de indignación frente a los abusos y corruptelas del adversario tienen el éxito asegurado entre la ciudadanía.

Por otra parte, están las redes sociales, que multiplican el efecto propagandístico del populismo con proclamas y eslóganes muy fáciles de comprender. El impacto prevalece sobre el argumento. Es el problema de Twitter: resulta más fácil descalificar en unas cuantas palabras que afrontar un debate serio y profundo sobre cómo llevar a cabo las reformas necesarias que demanda la sociedad.

Fernando Savater subrayaba hace unos días en un periódico madrileño “la quiebra de la confianza en la política tradicional” y también recordaba que “cuando el médico no te cura, acabas yendo al curandero, a la bruja y al que te vende el ungüento”.

A la hora de preparar una campaña de comunicación y de imagen, sólo se necesita poner en valor todo lo que está fatal. Es decir, explicar al ciudadano que la solución de sus problemas pasa por el cambio de sistema, la destrucción de las viejas estructuras y la eliminación de sus privilegiados valedores de siempre.

El hastío, el cabreo y el desencanto, motivados por situaciones de crisis, provocan que  personajes que en una situación normal quedarían fuera de las instituciones tengan serias posibilidades de gobernar.

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