Comunicación y referéndums

Lo estamos viendo – y viviendo – con demasiada frecuencia: los referéndums no se ganan tan fácilmente como presuponen quienes los convocan. Y, en buena medida, es por culpa del “exceso de confianza” de los convocantes y también por no saber explicar y comunicar adecuadamente el mensaje que se pretende trasladar a los ciudadanos. Sin una estrategia de comunicación adecuada, es difícil convencer a la gente de la importancia que tiene su participación y de la transcendencia del resultado.Papeleta referendum

Tenemos todavía reciente el resultado de la consulta celebrada en Colombia sobre el acuerdo del gobierno de  Juan Manuel Santos y las FARC. Hace pocos meses todas las encuestas y una amplia mayoría de observadores predecían la derrota de los partidarios del Brexit y, por consiguiente, la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea. David Cameron había salvado los muebles en el referéndum sobre la independencia de Escocia, pero se cayó con todo el equipo – excepto algunos  disidentes de su propio gobierno –, cuando volvió a consultar a los ciudadanos sobre la continuidad del Reino Unido en las instituciones europeas.

Es un error fiarlo todo al azar y a los estados de opinión que supuestamente se inclinan por una de las opciones propuestas en la consulta suelen ser cambiantes. La prueba está en que las encuestas se equivocan con demasiada frecuencia. Sin una estrategia bien definida, sin unos mensajes claros y convincentes, mejor no hagamos apuestas.

Los referéndums, especialmente cuando la cuestión sometida  a votación no ha sido explicada de forma exhaustiva y en todos sus términos, provoca situaciones muchas veces imprevisibles. También indeseables. Esto no justifica que haya que demonizarlos. Es verdad, como se repite en tertulias y en otros foros de debate, que los referéndums los carga el diablo, pero también sirven para conocer los estados de opinión sobre un asunto polémico. El referéndum, según el diccionario de la RAE, es el “procedimiento por el que se someten al voto popular leyes y decisiones políticas con carácter decisorio o consultivo”.

Lo que ya es más discutible es el uso indiscriminado de este recurso democrático. Si le pides a los sevillanos que se pronuncien sobre la ampliación unos días más de las Ferias de Sevilla es muy probable, como así ha sido, que te digan que por supuesto. Si en un referéndum la cuestión que se plantea es pronunciarse a favor o en contra de que haya una bajada de impuestos o una mejora salarial, me juego lo que quieran a que no habrá lugar a la sorpresa.

Sin embargo, en situaciones de este tipo, a veces hasta esa sorpresa se produce. El gobierno suizo convocó un referéndum en el mes de marzo pasado para conocer si los ciudadanos helvéticos serían partidarios de dos semanas más de vacaciones y el resultado fue el siguiente: un 66,5% se pronunció en contra y un 33,5% a favor.

Cada situación es distinta, cada país tiene sus peculiaridades, y las sorpresas que nos deparan las consultas dependen en gran medida de la idiosincrasia y de la mentalidad de sus gentes. Otro aspecto que debería hacer reflexionar a los convocantes de un referéndum es el de la participación.

¿Hasta qué punto una minoría de ciudadanos puede erigirse en portavoz de quienes no se han querido pronunciar ni por el sí ni por el no? ¿Un 30% puede ser suficiente para echar abajo una medida aparentemente sensata y necesaria para el futuro de un país? ¿Qué piensan sobre el acuerdo de paz en Colombia el 60% de los ciudadanos que no han votado?

Pues eso, que los referéndums los carga el diablo. Se evitarían muchos disgustos, si se utilizaran en las campañas de referéndums unas adecuadas estrategias de comunicación, tan necesarias cuando los estados de opinión – como es el caso – son tan cambiantes.

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